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La legalización de las drogas y la regularización del mercado de los narcóticos podría suponer para Reino Unido un ahorro de unos 14.000 millones de libras (más de 15.000 millones de euros), según un informe que revela los beneficios que esta decisión habría supuesto para los contribuyentes, para la evolución de la criminalidad y para el sistema de Justicia en su conjunto.

 

Concretamente, el estudio Comparación de los costes efectivos entre la prohibición y la regulación de las drogas revisa las diferencias entre ambas opciones y deduce que las posibilidades se decantan a favor del primer caso, incrementando así la presión que durante años ha instado al Gobierno a realizar un análisis independiente sobre la relación entre coste y beneficio de regular el mercado de la droga.

 

El informe, promovido por la asociación Transform, a favor de las reformas en el sector, ha evaluado los diferentes aspectos que influyen en el veto vigente, desde el coste de las operaciones de las fuerzas de seguridad a la investigación de los consumidores y de los promotores del mercado, así como lo que representan los procesos judiciales y las consiguientes encarcelaciones.

 

Además, el colectivo destaca la recaudación que podría suponer un mercado regulado, para lo que invoca los resultados de un estudio de la Unidad Independiente de Control de Drogas, que revela que se podrían generar unos 1.300 millones de libras a partir de la imposición de una libra sobre el gramo de resina de cannabis.

 

El propio prestigioso semanario The Economist apeló recientemente a un debate global sobre la necesidad de reformar el actual sistema, en base a que “la prohibición ha fracasado” y, en consecuencia, “la legalización es la solución menos mala”. Con todo, el informe publicado hoy admite que, paralelamente, existen costes potenciales relacionados con un incremento en los tratamientos contra la drogadicción.

 

También asume la inversión que generaría la necesaria promoción de campañas en materia de educación e información sobre los riesgos y peligros que conlleva el consumo, en la línea de las que se desarrollan en relación con el tabaco y el alcohol, así como el gasto propio de la gestión de un sistema regulado.

 

Al respecto, el informe revisa cuatro panoramas potenciales, si bien declara que, pese a todo, “la conclusión es que la regulación de los mercados de la droga es más efectiva desde el punto de vista del coste que la prohibición”. En consecuencia, insiste en que pasar de la prohibición a mercados regulados en Inglaterra y Gales supondría facilitar a los contribuyentes ahorros, así como a las comunidades en su conjunto.

 

La horquilla de este ahorro va desde los 13.900 millones de libras hasta los 4.600, de acuerdo con los resultados del estudio de las figuras del coste de la criminalidad que maneja el propio Gobierno para evaluar los potenciales beneficios y desventajas de modificar la situación vigente.

 

Por tanto, el estudio maneja las propias estrategias del Gobierno y del Ministerio del Interior para dar con sus conclusiones, en las que alega que “ninguna análisis de coste-beneficio o incluso una evaluación de un adecuado impacto en la legislación existente ha sido desarrollado aquí o en ningún otro lugar del mundo”.

 

 

Fuente: JANO.es

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El primer artículo en que el profesor Richard Doll estableció una relación directa entre el cáncer de pulmón y el hábito de fumar apareció en 1950, en el British Medical Journal; y nadie, como era de esperar, le prestó mucha atención. Fumar estaba bien, fumar era cool y no hacía daño; tan inofensivo era que incluso muchos médicos se prestaban para publicitarlo, así que, a pesar del rigor de los estudios del doctor Doll, la comisión de cáncer del Departamento de Sanidad británico pensó que pedir a la gente que dejara de fumar podía originar “un ataque masivo de pánico”.

 

Así estaban las cosas a comienzos de los 50. Puede que muchos, cuando se topan con las agresivas campañas contra el tabaco que llevan a cabo casi todos los gobiernos occidentales, den por sentado que son el último eslabón de una larguísima batalla, que han sido acaso siglos intentando persuadir a los fumadores, tratando de explicarles, de hacerles ver, de hacer que comprendan que cáncer y tabaco conforman un binomio, sólido e indisoluble; lo cierto es que hasta bien entrado el siglo XX era considerado un hábito inofensivo, y fue el epidemiólogo británico el encargado de revelar la realidad destructora de los cigarrillos. Lo hizo justo después de dejar de fumar.

 

En 1948, Doll (sir Richard Doll gracias a sus hallazgos) trabajaba en el Consejo de Investigación Médica del Reino Unido. Decenas de miles de hombres que habían regresado del frente habían multiplicado extrañamente las estadísticas de cáncer de pulmón, y la inquietud de las autoridades sanitarias resultó en un encargo para que investigara y explicara lo que estaba ocurriendo. “Yo personalmente pensaba que era culpa del alquitrán de las carreteras. Sabíamos que había carcinógenos en esa sustancia”, dijo más tarde. Se creía igualmente que la causa podía ser la contaminación atmosférica, tanto así que las autoridades estaban dispuestas a aceptar que todos esos soldados tenían más en común el haber aspirado el aire viciado de Londres que haber compartido experiencias en el frente. Y estar en el frente, como saben los soldados, significa fumar. Y mucho.

 

“El riesgo de muerte aumenta en proporción a la cantidad de tabaco fumado –escribió Doll en su artículo de 1950, una de las primeras frases que relacionaron tabaco y cáncer–. Puede ser 50 veces superior entre quienes fuman más de 25 cigarrillos al día que entre quienes no fuman”.

 

Los obstáculos que a partir de entonces tuvo que sortear antes de ver reconocidos sus postulados fueron, probablemente, el anticipo de lo irritantemente lentas y farragosas que han sido las posteriores batallas contra el tabaco, las tabacaleras y el tabaquismo. Así las cosas, tuvieron que pasar cuatro años para que el Ejecutivo británico suscribiera el trabajo del profesor. Ese día, el 12 de febrero de 1954, el ministro de Sanidad compareció ante la prensa para decir que sí, que el tabaco producía cáncer; lo hizo (sin un ápice de cinismo) fumando un cigarrillo tras otro.

 

Unos meses antes, Doll había recibido la inesperada visita del presidente de Imperial Tobacco, quien llegó acompañado de su experto en estadística. Los dos ponían en duda sus investigaciones. A Doll le gustaba contar que cinco años más tarde el estadístico había amenazado con dimitir, exigiendo a su jefe que reconociera en público la verdad de sus hallazgos. Acabó en la calle, naturalmente, aunque antes, usando por última vez su cuenta de gastos, quiso tener el detalle de invitar al profesor y su esposa a cenar.

 

Doll murió en el 2005. Y no de cáncer de pulmón.

 

 

 

Fuente: elperiodico.com

Autor: Mauricio Bernal

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Tomar una copita de vino con las comidas y una caña con los compañeros al salir de trabajar es una costumbre habitual para muchas mujeres en los países desarrollados. Un hábito que, a la vista de los resultados de una extensa investigación realizada en el Reino Unido, es bastante perjudicial para el sexo femenino. Los investigadores señalan que hasta una ingesta baja de alcohol aumenta el riesgo de padecer ciertos cánceres, entre ellos los de mama, recto, hígado, faringe, laringe y esófago. Para determinar este incremento del riesgo, Naomi Allen y su equipo, de la Unidad de Epidemiología del Cáncer de la Universidad de Oxford (Reino Unido), analizaron a 1.280.296 mujeres de mediana edad -que forman parte del “Million Women Study”- y les hicieron un seguimiento de más de siete años. El 24% de ellas se definía como no bebedora, un 29% tomaba dos o menos bebidas alcohólicas a la semana, un 23% entre siete y 14 bebidas y un 5% podía llegar a las 15 copas semanales, aunque la media se fijó en cuatro copas a la semana. En el periodo estudiado se detectó un total de 68.775 casos de cáncer entre las participantes. Los autores establecieron una relación entre el consumo de alcohol y algunos de estos tumores. Según publican en “The Journal of the National Cancer Institute”, cada bebida alcohólica adicional consumida al día se asocia con 11 casos de tumores de mama adicionales por cada 1.000 mujeres hasta la edad de 75 años, un tumor adicional de la cavidad oral y de faringe, otro de cáncer rectal y un aumento de 0,7 para los tumores de laringe, de esófago y de hígado. Dicho de otro modo, en el Reino Unido el alcohol es responsable del 11% de todos los cánceres de mama (lo que supone 5.000 tumores extra cada año), del 9% de los cánceres rectales (500 casos más anualmente) y del 25% de los tumores de la cavidad oral, faringe, laringe y esófago (todos juntos). El hecho de tomar vino u otra bebida no variaba los resultados. No obstante, hay algunos matices. Por ejemplo en el caso de los tumores de la cavidad oral, faringe, laringe y esófago, el alcohol sólo aumenta el riesgo en aquellas mujeres fumadoras. En ausencia de tabaco, no se aprecia este incremento. “Aunque el incremento del riesgo absoluto por cada bebida adicional puede parecer pequeño para algunos tumores, la gran cantidad de mujeres que ingieren una cantidad entre baja y moderada de alcohol significa que la proporción de cánceres atribuibles al alcohol es un importante problema de salud pública”, explica Allen. Por otro lado, el estudio también observó que este consumo de alcohol disminuye el riesgo de sufrir otros cánceres como el de tiroides, el carcinoma de las células renales y el linfoma no Hodgkin. Sin embargo, los mecanismos por los cuales estas bebidas ofrecen esta protección se desconocen. Aunque se conoce desde hace tiempo que el alcohol es un factor de riesgo de cáncer, nunca se había realizado un estudio tan exhaustivo que observara este incremento de los casos en las mujeres, pues los trabajos realizados hasta la fecha se han centrado más en hombres muy bebedores. Un editorial que acompaña al estudio, firmado por Michael S. Lauer y Paul Sorlie, del Instituto Nacional de Corazón, Pulmón y Sangre de Bethesda (EEUU) señala la contradicción que existe entre esta investigación y aquellos otros trabajos que indican que una copa de vino al día es beneficiosa para la salud cardiovascular. “¿Qué pesa más, los beneficios o los riesgos?”, se preguntan estos expertos. Su respuesta es que “dado que el cáncer es la principal causa de muerte entre las mujeres de mediana edad, en este grupo de población los beneficios del alcohol serían mucho menores que sus riesgos”. Fuente: elmundo.es/elmundosalud Autor: Isabel F. Lantigua

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